Papel y Plástico

Como cada año, a la vuelta de las vacaciones de verano hago un ejercicio de reflexión sobre lo acaecido a lo largo del período anterior y elaboro una especie de wishlist inconfesable con todas aquellas cosas de mi persona que me gustaría mejorar en un futuro más o menos inmediato, recopilando aquellas a las que aspiro en la nueva etapa a darle otro enfoque desde un perspectiva diferente o en su defecto, un aire uno un poco más realista o maduro, quien sabe.

Curiosamente, como cada año, posponer este tipo cábalas para finales de diciembre pasa a ser la prioridad nº1 en la lista. Será que como todo el mundo las hace con la llegada del mes de enero, dejandose arrollar por aquello del ‘año nuevo, vida nueva‘ uno acaba albergando falsas esperanzas de que funcione e intenta alejar a ese espíritu de Peter Pan que se guarda el karma del ‘lessons learned‘ para septiembre, que es cuando empieza el ‘cole’ y con el, un escalón más hacia la citada madurez a la que, a cada día que pasa, me siento más empujado por ciertas partes de mi entorno y que dicho sea de paso, me resultan un tanto ignorantes.
Y es que, por suerte o por desgracia, en el fondo uno es y será siempre un niño.

Y como todo niño, hago cosas malas.

No engaño a las ancianitas cuando me preguntan por una dirección y las envío al rincón más sórdido del polígono industrial en el extraradio de la ciudad. Tampoco acudo a la parroquia a saquear el cepillo para más tarde ir a comprar a costa del sucio botín sprays de grafitero con los que teñir los cristales de la caseta de venta de loteria del ciego del barrio.
Hago algo mucho peor. Algo por lo que merezco arder en el infierno durante toda la eternidad, sintiendo el dedo inquisidor de todos aquellos que me señalan a diario reprobando mi actitud y criticando el hecho de que haya desviado mi camino por derroteros tan reprochables por los que me muevo en mi tiempo libre.

Y es que casi a diario cometo un acto tan execrable como, entre otras cosas, pintar miniaturas de fantasía de 32 milímetros.

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¿Como es posible que alguien en su sano juicio, un padre de famila, pueda perpetrar una felonía de tal calibre? ¿Que he podido hacer para acabar dedicando parte de mi valioso tiempo a rendir pleitesía a falsos ídolos… a efigies paganas…. a vellocinos de plomo?

Supongo que porque uno es adicto a lo inutil y anda sumido en una especie de síndrome de Diógenes que acaba derivando en el retorcido síndrome de Peter Pan citado más arriba y que lo aboca a uno a coleccionar artículos envueltos de grotesca nostalgia tales como dispensadores de caramelos Pez, viejas cintas con software para ordenadores de 8 bits o robots sean del tipo que sean.
(De ahí lo de Robotto, fíjate tú que cosas).

Si quires entrar en detalle sobre el tema que te expongo y entender que sentido tiene vivir rodeado de tanta vileza, te recomiendo que te hagas con un ejemplar de ‘Papel y Plástico‘ de Oscar Lombana, un recopilatorio de todos aquellos objetos que hicieron nuestra vida inútilmente más feliz y que han acabado hundidos en un mar de recuerdos agridulces como los que intento salvaguardar y compartir con mi familia.

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Publicado en cartoné por Astiberri Ediciones, el libro cuenta con alrededor de 60 páginas a todo color llenas de ilustraciones que, a buen seguro, conducirán la conversación en cualquier mesa de café con amigos.

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Título: Papel  y Plástico
Autor: Oscar Lombana
Editorial: Astiberri Ediciones
Precio: 13€

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