De vez en cuando a uno se le despierta la vena nostálgica y le da por recordar en compañía de los amigos aquellas primeras incursiones a mazmorras atestadas de goblins con sus primeros personajes. Sesiones cargadas de magia y pueril fantasía en las que se generaba un personaje en cuestión de minutos en una hoja de papel cuadriculado y que lucía orgullosa a la par que el devenir de nuestro héroe las numerosas cicatrices de guerra en forma de borrones y manchas de refresco.
La mayoría de las veces estas conversaciones derivan a como transcurrió una de las sesiones o se comenta que es lo que sucedió durante un encuentro que acabó resultando crucial para el desarrollo de la campaña. Otras veces se acaba bromeando sobre la actitud de uno de los miembros del grupo ante un evento o sobre cómo terminó uno de los PNJ tras hacer saltar aquella trampa tan ingeniosa. En fin, buenos recuerdos que en muchas ocasiones mantienen a un grupo de juego unido en tiempos de vacas flacas en lo que a partidas se refiere.
La cuestión es que cada vez que nos invade el recuerdo romántico de nuestras primeras partidas de Dungeons & Dragons Básico, nada más llegar a casa uno corre a la biblioteca en pos de aquellos viejos manuales de páginas sueltas o del D&D Rules Cyclopedia con la intención de darse un chapuzón de reglas por depurar pero en definitiva ágiles, sencillas, eficaces y que siempre tenían los brazos (y los pies de página) abiertos a las anotaciones de reglas caseras y en especial a las relacionadas con el tándem raza/clase que tantos quebraderos de cabeza llegó a provocar en mi grupo pese a que siempre se acabara aceptando tal cual es.
¿Por qué?
Porque D&D básico es así: Básico. Y es en esa simplicidad, en esa infantil e ingenua sencillez donde reside la excelencia de éste juego. Más tarde llegarían propuestas mejoradas en respuesta a la demanda de un público ávido de un sistema de juego mucho más avanzado y de las necesidades por parte de la compañía de vender nuevos productos con los que ambientar las partidas basadas en esos nuevos sistemas.
D&D Básico es un juego de enanos y elfos. De kobolds, beholders, trolls y dragones. Un juego de magos, guerreros, fortalezas y seguidores. Un juego de trampas y puertas secretas, espadas + 1 y proyectiles mágicos.
En definitiva, un juego de grandes aventuras en el que no recuerdo que tuvieran cabida los números.
Desde la llegada del aluvión de retro-clones basados en OGL que tan en boga están actualmente, venimos siendo testigos de la publicación de sesudos artículos al respecto con propuestas traducidas en complejos algoritmos con los que equilibrar las razas de OD&D. Intrincadas ecuaciones con las que balancear los requisitos de experiencia necesaria para subir de nivel con la adquisición de los poderes de otra clase y el THAC0 o los tiros de salvación.
Y me pregunto: ¿por qué? ¿Que necesidad hay? ¿Porqué no recurrir a AD&D si estos andurriales ya están resueltos?
¿Acaso es la necesidad de recuperar la vieja esencia del juego, ahora olvidada?










La verdad es que todo esto hace que el hecho de hacerse la ficha entera sea algo muyyy tedioso. No digo largo, puesto que crear tu personaje siempre es largo, sino aburrido.
“Ahora suma tu fuerza, tu destreza y tu nivel de payasadas y lo divides por la raiz cuadrada de 0,853 que es la suma de tus estadisticas mortales de enfrentarte a un dragon de comodo”
Penoso.
Conozco un par de casos que no estarían de acuerdo contigo, Kirkis.
” ¿Quien necesita dados teniendo calculadora científica?”
“¿Para qué tirar? Basándome en la estadística y en la probabilidad el bicho está matemáticamente muerto.”
He tenido la ocasión de escuchar ambas frases.
Interesante reflexión, maese Robotto, con la que estoy totalmente de acuerdo. Parece como si ahora, al cabo de los años, quisiéramos volver a los orígenes, pero el bagaje que ya llevamos acumulado nos impida disfrutarlo como lo hicimos en su momento.
Por eso me pareció tan acertado aquel librito que recomendaba en mi blog que explicaba cómo jugar a los juegos de la vieja escuela. Precisamente para evitar toda esa fiebre reformadora que inunda los blogs grognardianos.
¡Un abrazo!
Nostalgia… Ese arma de doble filo.